Aquí un fragmento muy interesante del libro “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa.

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Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes drámaticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona esté viva, que siente y piense como él, pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.

Me parece que sería interesante vivir la vida teniendo en todo momento en cuenta que las demás personas son como uno, y que en general podríamos ser como una vida gigantesca, una suma de cada una de las vidas. Tener una noción de que cada uno no es sino lo mismo que el vecino, y que sus experiencias podrían ser muy bien las de uno, y entonces la vida de uno podría ser muy distinta a lo que es.